Tirurí Ta Ta


Estamos acostumbrados ya a la batalla encarnizada entre “artistas de primera” e internautas. A bote pronto uno podría cerrar capítulo en un abrir y cerrar de ojos, y ya de paso dejarlos cerrados un buen rato para poder retozar entre las sábanas unos cuantos minutos más. Se trata, aparentemente, de una guerra de dinero. El tener siempre ha envilecido al ser humano: siempre ha habido hermanos peleados por herencias y vecinos que se descerrajan escopetazos por una discusión de lindes.
El problema es que algunos de los participantes de la contienda pretende argumentar y, generalmente, lo suele hacer de manera extremista. Bien es verdad que esta tendencia se ve más en los músicos que en los usuarios de internet, pero es bueno empezar repartiendo a los dos lados, aunque la balanza acabe por decantarse a uno de los dos lados cuando suene la campana final.
Todo esto está inspirado en el artículo de El Cultural que pueden ustedes visitar aquí:

BREVE SÍNTESIS DE LA SITUACIÓN DE LA INDUSTRIA DISCOGRÁFICA A LO LARGO DE LA HISTORIA


Comienzos
Dicha industria, sobra decir, no existía. Podemos “rebobinar pa’lante” y llegar hasta Mozart, por eso de que era niño prodigio que, aunque sin show de televisión, nos deja imaginar y trazar paralelismos.
Mozart no vendió nunca un jodido disco porque no existía quién los grabase. Wolfangcito hacía giras, enfermando y soportando a un padre un tanto explotador. Daba recitales, dirigía orquestas…y luego componía.
El músico más grande de todos los tiempos las pasó putas para llegar a fin de mes. Era lo que se dice un pufista con peluca que ni aún apuntándose a la masonería logró zafarse de los acreedores. Sobrevivió porque era grandioso, porque si quería mirar a los demás no tenía que mirar por encima del hombro sino por encima de los pies.
Vinilos, cintas, cds.
Las grabaciones dieron un vuelco a esta situación. Las ventas de reproductores y reproducibles hicieron que ejecutivos y artistas viajaran en jets privados, comieran caviar y bebieran champán francés. Estrellas del Rock&Roll con pinta de punky perro-flauta podían permitirse construcciones análogas a templos vaticanos y caprichos de embarazada de octillizos.

La inexistencia de una buena tecnología de duplicado al alcance del público general y el obvio acuerdo de precios entre discográficas limitaron las opciones del melómano al desembolso sangrante de dinero. A su vez, los músicos millonarios acapararon poder político y crearon lobbys de gestión de derechos de propiedad intelectual.
Esto creó un ambiente en torno un ambiente en torno a la música que, lejos de tener nada que ver con el arte, relacionó canciones con riqueza y aumentó exponencialmente el número de personas aspirantes a comerse un cachito del pastel. Burbuja discográfica.
Internet
Nos ha traído un cambio radical de época y hay algunos cenutrios que se niegan a quitarse la venda. Dentro de unos cientos de años, si andamos todavía deambulando por aquí, se hablará de los noventa como frontera temporal entre dos eras claramente diferenciada.
La red, guste o no, ha popularizado el arte. Ha puesto a disposición de los que no tienen medios para ir todas las semanas al Corte Inglés adquirir una cultura musical que no sería posible sin años ni grandes sumas de dinero. Ha permitido al alumno de bachiller comparar a Mozart, los Rolling y Loquillo en una tarde; para al día siguiente entregarse a los Beatles y a Iron Maiden.
Ha actualizado el intercambio de cintas y las grabaciones de radio en las mismas por envíos instantáneos que no necesitan de soporte físico ni traslado espacial. De alguna manera, ha igualado de manera bastante notable las fuerzas de grandes y pequeños a la hora de poder triunfar ante un público que se queda con lo que le gusta y desecha lo mediocre aunque salga en Operación Triunfo.
Tristemente, lo peor de todo ha sido la reacción conjunta de artistas acomodados y ejecutivos incompetentes. Los primeros se han convertido en unos hipócritas, quitándose el vestido de vanguardistas cuando ya no daba dinero y olvidándose de los que les han llevado allí. Los segundos no han sabido adaptar su modelo de negocio a los tiempos que vivimos y, en connivencia con el poder político y con inestimable ayuda de los medios, han atacado frontalmente el Estado de Derecho.
Es una realidad que la presunción de inocencia no existe y que el robo está permitido. El canon es un atropello a todo aquel que no utiliza los soportes informáticos para hacer copias de material “pirata” y por tanto un robo del dinero que sustrae de los monederos anónimos. Mi abuela no escucha música más que en la televisión y paga canon por el móvil, mi madre no utiliza cds más que para trabajar y paga canon, etc.
LOS “ARGUMENTOS ÑU”
  • Hay algunos que escriben que Spotify se beneficia del trabajo de los artistas. Propongo cambiar el sentido de la afirmación. Los músicos tienen en Spotify un escaparate sin parangón en otras ramas artísticas. Spotify ofrece veinte horas al mes, una muestra de colonia con la que decido si bajarme un disco, ir directamente al concierto o enterrar en mi memoria la pérdida de cinco minutos.
  • Otros animales les invitan a “dedicarse a otra cosa”. Tampoco. Yo aplaudo a los músicos por el arrojo y la aportación que hacen a la cultura de la que me siento miembro. Me emocionan los chavales y emigrantes que se buscan las castañas en el metro o en la calle tocando ante miradas indiferentes. A esos sí que casi siempre les doy pasta (a menos que estén utilizando las flautas como baquetas y espectáculos por el estilo).
  • Según qué jabalís afirman que “por qué voy a tener que comprar un disco entero si solo me interesan dos canciones”. Ese no es problema tuyo, manín. Es asunto del artista el de querer adaptarse de manera comercial y segmentada a un público beneficiando sus cuentas o el de sacrificar los menús del mes por una idea conceptual. Tú compra o no compra, pero no dictes.
  • También los hay con arrojo para afirmar, más o menos, que haber nacido con talento “es ahora una desgracia”.
    A mí es que los que se sienten con derechos de nacimiento de algún tipo me tocan los cojones. Hay muchos albañiles, ingenieros, contables,…con talento que tienen que reservar el intentar seguir su pasión a su tiempo libre.
    La maldita tendencia gominolosa y piruletera que hay en algunos ambientes de explicar que todos tenemos derechos a todo no es sino un engañabobos  y un refugio de cantamañanas.
Los tiempos cambian y los trabajadores se reciclan. Los contables de antes están ahora pegándose con LEAN, los maestros han tenido que adaptarse a Internet , los padres deberían saber utilizar Facebook. Frente al cambio están los supervivientes, que utilizan la creatividad para sobrevivir; o los jetas, reaccionarios o vagos que esgrimen argumentos de bombero para poder seguir agarrados el mayor tiempo posible a la poltrona.
Al que le de pereza cambiar, que se joda.

1 comentario:

Stultifer dijo...

Sobre los derechos de autor... mucho se ha escrito. Me toca a mi.

Estoy contra los derechos de autor. El autor cobra una vez por su trabajo y punto. ¿Tengo que seguir haciendo rico a George Dann porque un día inventó lo del Bimbó?