ADORACIÓN MORÁN

“Dora” nació, en 1916, en Láncara de Luna, provincia de León. Ese pueblo, como ese mundo, está ya extinguido, ahogado bajo las aguas del pantano de Luna.
El otro día me la encontré en la quinta planta del Hospital de la Cruz Roja de Gijón, mirando por la ventana como quien ya no reconoce el mundo en el que vive. Pequeña, encogida, anécdota de la mujer oronda que un día cocinaba, barría, planchaba y fregada, todo al mismo tiempo.
Sin embargo, sin entender ni conocer lo que le rodea, teniendo que traducir al lenguaje gestual más básico todos los mensajes que desde el planeta interior enviamos al exterior, reaccionaba  a los estímulos de cariño. Sin entender lo que se le decía, respondiendo con lentitud, devolvía sonrisa por sonrisa, respondía a los besos, agradecía en cierta manera la delicadeza al darle de cenar.
Al llegar y sentarme en frente de ella un puñado de emociones casi me desploma. No me pone triste la certeza de una muerte cercana sino que me llena de sobrecogimiento. Me hace ver las cosas con una perspectiva tan distinta que me marea.
De repente, mirando yo también al infinito de la vista de ese quinto piso dejé caer la lágrima que se estaba acumulando sin que mi madre me viera (para no provocar una reacción en cadena bastante irrespetuosa con “Tía”), y sentí como me aclaraba el alma y me aliviaba el pesar como un limpiaparabrisas que quita toda la mierda de la luna. Como por acción de un resorte, vi que honrar la vida que concluye se hace solo viviendo la que sobre el papel tiene futuro por delante.
Me siento ahora con la obligación moral de emular lo bueno que he conocido de Tía Dora. Me siento, además, obligado a vivir el día a día: correr detrás de las oportunidades, tatuarme el alma, decir “te quiero” sin que sea nunca demasiado tarde.
Nada de esto, extrañamente (a tenor de lo que esperaba), ha despertado en mí algún tipo de fervor religioso.
Paradójicamente, un ejemplo de bondad y piedad católica me ha fortalecido en mi posición agnóstica. Y es que siento pena al ver a esta mujer muriéndose, pero es por tener que darme cuenta de que me voy quedando solo con el pasado. Por ella sólo siento admiración y cariño. Porque aunque su cerebro se apague, estará viva en mi cabeza hasta que sea yo el que desaparezca. Da igual el  más allá.

No hay comentarios: