La fealdad en portada




Soy consumidor confeso de revistas de tendencias, como he contado en otras ocasiones (aunque en los últimos dos meses haya dejado de comprarlas en beneficio de la lectura de libros ya que, debido a los recortes en costes, los contenidos han descendido en general hasta niveles de propaganda del Hipercor), y estoy un poco alarmado por una tendencia creciente de promoción de “la mujer común”. Significa esto el relegar a Gisele, Selita, Adriana y Rosie en beneficio de Pepa, Marie, Juana y Teresa.
Este nuevo rumbo editorial ha sido aplaudido desde muchos foros humanistas y progresistas aunque su triunfo a largo plazo sea dudoso y su justificación moral sea, como poco, frágil.
Pienso que un individuo se para delante del quiosco y compra una de estas revistas por dos razones: en primer lugar por observar rostros y cuerpos de escándalo en posturas sugerentes con rictus interesantes y, en segundo lugar, por tener en el mismo sitio la justificación cultureta propia de diplomático con pajarita (ole): “hay que estar siempre al tanto de lo que pasa en el mundo”.
Me parece oportuno introducir el significado, llegados a este punto, del concepto de belleza. Más allá de consideraciones genéticas agudamente divulgadas por Eduardo Punset (vencer al devenir de la deformación del DNA, que tiene lugar con el paso de las generaciones), está claro que el ser humano asocia lo bello con lo que inconscientemente percibe como seguro de su supervivencia y bienestar. Se entiende así la proliferación de gordas paliduchas en la pintura de siglos pasados (capacidad para criar muchos hijos y resistir enfermedades; lejanía de los ambientes de trabajo al aire libre).
Consideramos hoy bueno el hacer deporte, alimentarse de manera apropiada, darse moderados baños de sol y dormir nueve horas al día.  De ahí que un desfile de Victoria’s Secret sea un espectáculo de belleza continua que gusta a hombres y a mujeres. Más allá de la redondez esférica de los traseros o de la simetría incontestable de los rasgos del alma, lo vemos inconscientemente como un reflejo de cómo querríamos ser nosotros, o mejor, de cómo querríamos vivir nosotros.
Por esto que si me ponen a una mujer u hombre amigo de las patatas fritas y la mayonesa en la portada de Esquire tendré que considerar pertinente el pedir en nombre de todas estas bellezas en paro un lugar en las revistas literarias o de divulgación científica. La deriva hacia la mediocridad de la sociedad será completa pero no discriminatoria hacia individuos que son obviamente superiores a algo.
Propongo que a columnistas como David Gistau, Antonio Lucas o Raúl del Pozo se les relegue a otro tipo de tareas (contabilidad, limpieza de lavabos, etc), ya que me resulta acongojador su prosa y lo lejos que me encuentro de ella. Esto me provoca inseguridad, ansiedad y consumo irrefrenable de benzodiacepinas.
Ahora en serio: colocar a mujeres feas en publicaciones de moda no es sino decirles: nenas, teníais razón en ser inseguras pero no os preocupéis que os vamos a quitar estas horribles comparaciones.  No exploréis vuestras fortalezas ni lo que os convierte en especiales. No luchéis por aceptaros como sois ni por el lugar que ocupéis en el mundo, que os pondremos unas orejeras.

2 comentarios:

Stultifer dijo...

Te aseguro que a mi gata le daba igual si yo era feo o guapo. Ese pensamiento me hizo meditar mucho sobre lo que escribes ahora. Tiene razón mi gata, y los perros y todos los bichos. Dejé de comprar revistas con gente guapa en la portada por lo vacíos de sus contenidos, sin embargo me encantan los combates de K-1. Será el músculo lo que me pone.
Si tienes necesidad de libros y bajo presupuesto, te recomiendo Una web de libros interesante. ¿Será por títulos?

Lo dijo...

Anda que las fotos que has puesto, tela...

No sé, yo no lo veo tan mal, a mi los chicos objetivamente guapos me dicen más bien poco así que estoy bastante a favor de que se muestren las fealdades al mundo. Y lo de "mujer común" me parece otra etiqueta más.