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Uno quizá es romántico e imbécil, y es que a pesar de parapetarse tras una aparente postura de seriedad y mala hostia, tiene su corazoncito y cree de manera apasionada en ciertas cosas. Muy a mi pesar, mi autocrítica no me deja creer en Cristo ni en ninguna otra deidad tipo Alá, Santa Claus o el ratoncito Pérez; sin embargo, sigo pensando que la búsqueda de la verdad justifica sacrificios personales y que la Universidad tiene que ser el templo más venerado por personas razonables.
Considero que las facultades tienen una triple misión de foro, depósito y púlpito, si se me permite la analogía eclesiástica, de todo aquel que quiera poner su granito de arena para saber más o hacer llegar a las masas embrutecidas algo de sapiencia.
Es por esto que considero que el apaciguamiento de conciencias débiles mediante oración y confesión extralimita las funciones de un centro de enseñanza. Porque mientras que una clase de teología es perfectamente legítima, a la par que interesante y muy instructiva, la cobertura de necesidades privadas pertenece a otra esfera.
Ya no solo que los recursos económicos destinados a mantener una fonda de superstición y arcaísmo que no se dediquen a promocionar el deporte, la mejora de bibliotecas o el aumento de recursos en investigación, sean argumento suficiente para alejar la práctica de la religión de la Universidad, sino que choca conceptualmente con el espíritu de la búsqueda de la verdad que debe presidir este tipo de lugares sagrados.
Mantener iglesias y catedrales es cuidar nuestra historia y, por lo tanto, lo que somos; defender con firmeza el que cada uno rece a quien le venga en gana, es defender la soberanía individual de cada ciudadano; en cambio, mezclar creencia y razón es deslegitimar esta última. Defender lugares de oración en cualquier lugar de enseñanza es equivalente a sostener la imperiosa necesidad de disponer de fumaderos de opio para los inquietos pensadores (maldita la gracia que me hace que esta ocurrencia me lleve hasta Marx, aunque tenga razón) al lado del aula de estudio.
Separemos las cosas para que al diferenciarlas, podamos defenderlas y elegir de manera clara. Mientras se siga mezclando churras con merinas la Universidad seguirá siendo, un poco más, una casa de putas.

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