AMERICA


Sobrevolar el océano atlántico para cualquiera de los dos lados requiere del sujeto una capacidad de adaptación a una nueva realidad que evite la recurrente caída en tópicos de asombro, luego rechazo, luego odio; que experimenta el europeo medio que pisa USA.
No solamente se diferencian de la mayoría de nosotros en utilizar un sistema de medida basado en el capricho y la arbitrariedad; la escala de tamaños que se ha utilizado allí para construir un presente sin pasado histórico verdaderamente arraigado es monstruosa, haciendo parecer al viajante “Gulliver en el país de los gigantes”: las carreteras son pistas de despegue de un aeropuerto, los coches tienen una anchura que los inhabilitaría para muchas carreteras de montaña del Viejo Continente, los enormes vasos de refresco alcanzan capacidades embriagadoras de azúcar y hasta los bíceps de un chaval de instituto dejan a los ilustres europeos como meros enclenques papanatas.  Es cuestión de tamaño, de poder ponerse lemas tan estúpidos como “I´m bigger than Texas” y “I’m big in Europe” en la camiseta. “Ande o no ande, lo importante ye que sea grande”, que se dice en Asturias
Tras esta superioridad de facto, el espejismo se difumina en favor de una visión más nítida de la realidad y surgen obvias características de imbecilidad innata a esa sociedad nacida de la imaginación de unos ciudadanos hartos de la sumisión, sin cimientos en la cura de humildad que supone atravesar una Edad Media (teoría de D. Primitivo, profesor de Filosofía en el Instituto Alfonso II de Oviedo). Aparecen pasillos enteros dedicados en exclusiva a refrescos con gas y bolsas llenas de grasas trans, se idolatra el espíritu de Benjamin Franklin (que defendía que la obligación moral en esta vida era la de ganar dinero) derrochando después en bienes de placer breve y de dudosa intensidad. Se ha escapado de una búsqueda del conocimiento o la experimentación por una vida light muy costosa de mantener. Mientras que fumarse un porro de marihuana y pasarse tres tardes metido en los libros es cosa de “gente rara” la masa que sigue normas establecidas sigue sorbiendo de su pajita un poco de Mountain Dew mientras creen que son el centro del planeta y que afuera hay solo raros europeos y bárbaros que los odian por pura envida. Como aquellos que pensaban que el Sol giraba alrededor de la Tierra.
Toda esta disertación de observaciones ciertas no deben ser punto final de nuestro análisis, ya que nos quedaríamos en los prolegómenos de un sistema, por otro lado, apasionante. Los principios fundacionales de Estados Unidos son tan potentes como el sonoro “We, the People”, son tan extrañamente lógicos que separan juez y parte en su sistema político, están tan libres de rencillas y resentimientos que les lleven a un continuo examen de lo que son que la nación, la bandera, la constitución y “The Bill of Rights” son cosas sagradas y ningún candidato que aspire a algo más que salir en los zapping se atreverá a ponerlas en duda.
Es fácil, teniendo una base tan clara, situarse a favor de aquellos que luchan contra las supersticiones y las inercias idiosincráticas no ya del americano, sino del ser humano moderno. Teniendo claro que las reglas del juego son indiscutibles podemos preocuparnos de los matices: destilar completamente la religiosidad privada de los derechos civiles (matrimonios gays), proteger de manera radical la esfera íntima de cada ciudadano de los moralistas (legalizar la marihuana) y pensar en un futuro sostenible en términos de energía (inversión en energía nuclear y desarrollo de energías “verdes”).
Y es que no se puede confundir América con las sandeces y sinsentidos creacionistas de cierta derecha para alimentar un odio basado en envidia. Tienen los “Tea-baggers” analogía antisimétrica con la izquierda en Europa en cuanto que ambos asocian ciertas ideas respetables con otras de bombero, haciendo que tanto unas como otras suenen a risa.
Lo que hay que hacer con América es querer lo bueno, obviar lo malo, y disfrutar de la paz que ofrecen las largas carreteras rectas de cincuenta kilómetros de Arizona, tomar hamburguesas de “Carls. Jr” o “In’n’Out”, ver partidos de la NBA, escalar las paredes del Gran Capitán en Yosemite  y comer costillas con salsa barbacoa en Kansas City. Puede uno descansar en la inolvidable islita de Key Byscaine o pillar un par de olas en Cocoa Beach mientras contempla como despega un cohete de Cape Canaveral.
Si no, siempre puede encontrar consuelos por internet como éste vídeo, inspirador del sueño de ayer y del escribir de hoy. Brad Pitt y Bill Maher, caballeros y señoritas.


2 comentarios:

Stultifer dijo...

He ido una o ninguna vez a EEUU. Hasta ahí radica el interés sobre ese magno país.

Justo dijo...

Qué buen -y desprejuiciado- análisis. Porque muchas veces se llevan las anteojeras puestas, y se defiende una opinión visceral se haya o no visitado el país.

Con respecto a la entrada de abajo, me gustó mucho A single man, creo que la primera película de Tom Ford; creo que capta perfectamente el mundo de Christopher Isherwood...