HISTORIA DE UNA FOTO El bosque de la Zoreda



Calidad de vida. Esta es la cuestión.
Cuantas más veces vuelvo de Madrid más estoy convencido de que tengo que salir de allí. Luego vuelvo, generalmente ebrio de mi jodida resaca dominical, y la gran urbe me conquista con sucias tretas. El humo de los coches me produce una amnesia espacial y me envuelven las orquestas de cláxones, escandalosos hablando por el móvil y coches-discoteca reventando el “Panamericano”.
Creo que Madrid me provoca una especie de síndrome de Estocolmo. Por un lado la odio pero el tenerla tan cerca día a día le permite conquistarme a cachitos. Su ejército de comerciales, disfrazados de amigos míos, me convencen de que no está tan mal, de que hay muchas que hacer, muchos teatros que visitar, muchas botellas de vino que vaciar y muchas chicas guapas.
Sin embargo, cuando dentro de toda esa ebriedad de emociones metropolitanas me deja un minuto de claridad busco un sitio especial donde cerrar los ojos y respirar y no lo encuentro.
Pero cuando cojo el tren en Chamartín con lectura planificada para cuatro horas y siento que estoy en movimiento esta angustia desaparece. Oviedo, vetusto motor de Asturias, último bastión de la vanguardia decadente, bombón de ambrosia del Paraíso, es, en la parte y en el todo, un lugar especial.
A las afueras, en el exterior de esos cristales de tren que no dejan pasar las imágenes de los paisajes de noche, hay un bosque encantado. No hay ni hadas, ni duendes, ni ninguna cursilería (o gilipollez) por el estilo. Lo encanta la gente que va allí: los escritores de grafiti que ensayan entre la maleza, las parejas sin techo que van a hacer el amor (o follar) en un coche amigándose con la oscuridad o los grupos de chavales con muchos sueños en la cabeza que intentan hacer una sesión de fotos.
Quizá lo especial sea simplemente la gente  que pasea por allí. La gente que posa, la gente que pulsa, la gente que toca, la gente que penetra y es penetrada. A lo mejor identificamos un sentimiento con un lugar por no atrevernos a reconocer que sí, que estamos, estuvimos y estaremos enamorados de alguien. Que no importa lo que haya pasado después ni lo que ocurra luego.
Es posible que todo esto sea un balbuceo torpe para dar motivo a escribir sobre algo mientras pienso en alguien y revivo meses de vida. Me da igual, porque es jodido que algo sea más especial.

2 comentarios:

Stultifer dijo...

Me ha venido muy bien el bote olvidado para escribir mi frase en el muro. Saludos.

Lo dijo...

Qué chula la foto!
Siempre hay sitios más propicios a que pasen cosas interesantes :)