Historias de Cachopo y Chigre. Episodio Cero.



Un día leí en la parte de atrás de un coche una pegatina que leía “ser español es un orgullo, ser asturiano es un título”. Entendido sin ningún tipo de prejuicios raros es la perfecta síntesis de una idiosincrasia tan especial que no tiene parangón en el mundo entero.
Asturias es como un cristiano viejo del Siglo de Oro que ha sufrido una larga decadencia y ya en las profundidades de una depresión social, económica y política, sigue manteniendo su orgullo y su forma de vivir.
Lo que fue tierra próspera de grandes industrias, puertos de mar relevantes en el panorama internacional, cuna de importantes personalidades…; es ahora un lugar estancado en su desarrollo que mantiene estoico el lema de “paraíso natural”.
La “tierrina”, con capital “Oviedín” (términos inevitablemente usados por los cientos de miles de emigrantes que han tenido que irse, maleta en mano y mejillas humedecidas, ya fuera a América a principios del siglo pasado o a Madrid ahora) es, además de un lugar, un ideal.
En la catedral de  Oviedo suena a cada hora en punto el repique de unas campanas que nos recuerdan el “Asturias, Patria Querida” como melodía de una vida en la que tener que sobrevivir nunca ha sido excusa para dejar de ser como somos. Por eso, en medio de una crisis (ahora mundial, pero antes local) la gente llena la calle Gascona para tomar sidras un viernes por la tarde, por eso los chavales se amontonan en las barras de las fiestas de prao para pedir cacharros en vaso de plástico como si el mundo fuera a terminarse, por eso el inmigrante senegalés aprende a escanciar a la vez que dice “hola” por primera vez, por eso comemos fabadonas y cachopones hasta reventar de gula. Y lloramos, porque aunque nadie nos mire lo sabemos cada uno, cuando en el momento justo, que es casi cualquiera, oímos el llanto agónico de una gaita.
Todo esto y mucho más son los culpables de que cada vez que salgo del túnel del Negrón tenga que hacer un esfuerzo por no derramar la lagrimilla. Estas son algunas de las razones por las que quiero explicar con palabras porqué siento que soy una persona distinta cuando puedo venir a Asturias. Porqué los que están aquí no quieren irse muy lejos y los que están fuera siempre piensan en volver.


8 comentarios:

Nando dijo...

Cuanta morriña!!! Llevo con ganas de Asturias desde octubre yo creo... Este verano mis tres semanas allí no me las quita ni Pelayo!!!

Jordy dijo...

A mi me pasa lo mismo en cuanto al pasar Benavente veo el sol ponerse detras de la Canda y el Padornelo...esa sensación de llegar a casa, respirar profundo y dedirme que ya no queda nada...es de lo más nostágico y bonito al mismo tiempo de todo viaje...

Rubén dijo...

Un apunte, suena el reloj de Cajastur en la plaza de la escandalera, no la catedral.

Esta tierra es como una mala madre, que obliga a sus hijos a verla en la distancia, a imaginarla como un ideal, cuando realmente no hay futuro en ella. Mucha gente habla del paraíso terrenal que es Asturies, pero yo en ese paraíso veo corrupción, caciquismo, chanchullos, mangoneos... esta es la tierra del "puestinos y perres" donde la única forma de poder salir adelante es el conseguir un puestín en un ayuntamiento, sociedad municipal u autonómica, etc; por supuesto, todos elegido bajo el gran principio opositor del dedo índice.

Asturies no merece que la idolatremos, merece que la disolvamos, que eliminemos de ella todo ese sentimiento covadonguista de hidalguía, ese sentimiento de "al menos, a nosotros no nos conquistaron los moros" esos supuestos "honores" que miran hacia el pasado para no darse cuenta del presente, que miran al pasado porque saben que no hay futuro...

Pasamos de generar un buen monto del PIB español en los años 70 a ser la cola económica del país, con más de la mitad de la población viviendo del estado entre jubilados, prejubilados y funcionariado, se nos ha convertido en una "región" (odio ese término), se nos ha ridiculizado, se nos ha utilizado... y, finalmente, se nos ha abandonado.

Y nuestra "gran" clase política no hace sino incrementar esta situación, ya que no he visto ninguna actuación que proponga la mejora de la situación...

"Pero llueu tornes a l’Asturies de verdá, non a la de los tos suaños na que ye un llugar idilicu frutu de la señaldá de la tierra materna"

Stultifer dijo...

Hay ciudades en las que al volver a ellas hacen que te cambie el sentimiento. Otras, por el contrario no te dicen nada. Ni al entrar ni al estar ni al marcharte.

Lo dijo...

El amor por la tierra, mucha gente lo pierde y es bonito que tú no :)

Anónimo dijo...

Cuánta razónn tienes. Y lo digo después de que mi estrés se haya esfumado gracias a una cena con los míos, una fiesta de las de toda la vida amenizada por mi orquesta favorita y unas horas en una de las playas mas guapas de Asturias en las últimas 24 horas.
Ni exámenes, ni becas, ni una hora de reloj esperando a que la estación anuncie tu tren como si estuviesen a punto de cantar el gordo de la lotería de Navidad, para comenzar un viaje que cuatro monstruitos te van a amenizar con sus incesantes berridos desde pucela hasta la mismisima estación de Oviedo.
No hay nada que, una vez pisas el suelo asturiano y tomas aire que sabe a verde y a mar, no se olvide en un abrir y cerrar de ojos.

A ver cuando tomamos una sidrina y hablamos un poco de todo, o un mucho de nada...

Ayda

chinoataku dijo...

"Porqué los que están aquí no quieren irse muy lejos y los que están fuera siempre piensan en volver".

DELIO dijo...

Se dice que nunca llegas a conocer del todo a una ciudad hasta que no amas a uno de sus habitantes. Sucedió. Breve, brutal e intenso fué nuestro ímpetu devoratorio en Oviedo.
Apenas tres años después desde las tablas del Campoamor podía distinguir en la oscuridad del patio de butacas, sus incandesdentes ojos.