“Donde tengas la olla no metas la …”



Si nos ponemos a analizar las cosas a mala hostia una Copa del Mundo de Fútbol nos da mucha miga para meter el dedo en la herida y darle vueltas, para que manque. Que si negocio de la FIFA, que si inversiones millonarias de las que se benefician unos pocos, ya millonarios; que si distrae a la población de la crisis…
A mí de estas cosas no me molesta mucho ninguna. Más bien lo hacen muy poco. El futbol ofrece algo como un camello te puede ofrecer una china. Es a gusto del consumidor la dirección que se tome desde ahí. Hakuna matata.
Adoro los mundiales. Son sinónimo, sobre todo, de muy buenos recuerdos. Eliminaciones a parte, siempre quedarán las cervezas y los camiones de comida basura que nos zampamos en manada. Ocho, nueve personas alrededor de un sofá de tres plazas con una mesa de IKEA que pide la jubilación (este es su segundo mundial, sin contar la Eurocopa ganada) a la vez que soporta vasos, copas, ceniceros y tarrinas de comida del chino.
Las banderas decoran la habitación. Es la única ocasión “no-facha” de querer a tu bandera. De pintártela en la cara y llevarla atada como si fuera un pareo estampado de flores (ACLARACIÓN: esta última frase no aplica al autor de este post en ningún extremo). Se insulta en la misma dirección, lo cual, hasta cierto punto, tiene un gustillo raro: madridistas y culés de acuerdo. No acaban de acostumbrarse.
Pero a fin de cuentas somos felices. Es lo segundo que más nos importa.
Solemos, además, estar de acuerdo todos en una cosa: nos toca soberanamente los huevos a todos que los periódicos vendan ejemplares escribiendo lo supercampeones que somos antes de haber aterrizado en el país de marras. Como nos comen la oreja durante un puto mes para luego escribir, a las primeras de cambio: “Cura de humildad”. Pensaría que este titular lo ha ordenado un chimpancé si no fuera porque conozco el particular estilo “retrasé” de Eduardo Inda. Ese señor con pelo de pijo malcriado y gestos de vendedor de humo en discotecas que tiene más facilidad para cambiar de color que un camaleón. Y se rumorea por la calle que también se alimenta de la misma manera que estos primaverales y horteras bichos.
También discutimos. Sobre casi todo. Incluso sobre si Sara Carbonero está o no muy buena (el centro del debate es el número de repeticiones que lleva el adverbio delante del adjetivo). Y a pesar de que algún cenutrio (sí, me habéis escuchao capullos) diga que no lo está, no se atreve a poner en duda el siguiente “feeling”: no nos mola que ande dando vueltas por el campo mientras el tío que se supone que es el enviado divino para llevarnos hacia el pedrusco dorado no sabe hacia que curvas mirar.
No quiero que mi portero tenga que dedicar una neurona a pensar cómo va a responder a unas preguntas de su novia en directo fingiendo que no es su novia cuando todos sabemos que es su novia. Sí, es jodidamente absurdo. Me apuesto también un brazo a que por mucho que lo intente de manera interior Iker también lo sabe. Y, ahora, movidón: ¿Cuál es la solución?
Si siguen, mal vamos; si rompen, peor; si quitan a Casillas de la portería, tampoco quita las dudas ni la presión sobre la portería; y si quitamos a Sara Carbonero tendríamos que ver corriendo a pie de césped a J.J. Santos o a Guillermo Amor.
Me ahorro el epílogo. Eran dos bromas. No sé cuál de las dos es más cruel.

3 comentarios:

Stultifer dijo...

Hablar por hablar, contar por contar, decir por decir.

Lo dijo...

Sara Cabonero esta muy buena, pero hasta ahí, yo no la veo nada más. Y no habla mi envidia (o si?)
Y esa entrevista?? Por qué no les entraba la risa??

J.J.Santos corriendo a pie de césped...como que no le veo...

Justo dijo...

Esto es como la canción de Jackson Five:

Don´t blame it on sunshine
don´t blame it on moonlight
don´t blame it on good times
blame it on the boogie


Un saludo cordial