Crónicas Turcas (VIII): Taksis



Habrá que piense “¿y qué?”. Todos sirven para lo mismo. Te cogen, te llevan de un lado a otro de una manera más o menos amable y te clavan al final. Uno, dos y tres. En algunos sitios intentan diferenciarse de los demás: en Londres hay algunos que llevan coches que te hacen echar de menos el bombín, en New York tienen que estar conducidos por un afgano con turbante que no habla inglés, en Madrid (ya escuchen la SER o la COPE) pitan a todo lo que se mueve y se cagan varias veces en su madre y en Barcelona, especiales ellos, los pintan con un poco de negro encima del amarillo.
Pero en ninguno de estos sitios (bueno, quizás Madrid sí, pero me jode la argumentación) se plasma tanto la idiosincrasia de un lugar como en los Taksis turcos.
En primer lugar, la sencillez: ¿para qué narices adoptar un nombre extranjero con una letra que nadie pronuncia de manera igual? Pues como suena TaKSis, con un par.
Se ve también la capacidad para buscarse la vida: la mayoría de los taxistas turcos no tienen ni pajolera idea de dónde está ese sitio al que quieres que te lleven. No tengas problema que te cogerá. La solución es tan fácil como, parando el tráfico y armando un atasco y un concierto de cláxones, estacionar al lado de otro compañero e ir preguntando uno a uno hasta que alguien le sepa decir por donde se va. Muy de andar por casa.
La vocación comercial de los antiguos otomanos: aquí el poder no lo tiene la oferta, sino la demanda; no hay que levantar la mano esperando a un simpático que se digne a responder, directamente ellos te pitan, para que te des cuenta de que están ahí. Aunque no te hubieras planteado ahorrarte la caminata al curro antes de salir de casa, ellos están ahí para recordártelo.
El dominio del caos. Así no tengan ni idea de las direcciones que hayas dado en un turco lamentable o se acaben de levantar de la siesta (dentro del coche) con las legañas haciendo veces de protector solar, se pondrán el mono imaginario y te llevarán a lo Fernando Alonso; marcando trazada, apurando frenada, levantando la mano a otros coches…etc.
Es, concluyendo, misión obligatoria gastarse unas pocas de liras en estos coches amarillos. No seáis pijos y montéis en tranvía, que de esos ya hay en Amsterdam y allí son mucho más útiles.






 Fotografía "Taksis en la estación de buses de Ankara" de Fernando Méndez. Febrero 2009

3 comentarios:

Stultifer dijo...

Primer viaje a Estambul. Salida del hotel con idea de encontrar un restaurante para cenar pescado. La idea: Parar un taksi. El no habla inglés (el mío, pésimo). En castellano le digo: "Llévenos a cenar pescado". El conductor sonríe y arranca. Mi acompañante me pregunta con asombro: "¿Dónde nos lleva?". Le contesto que nos lleva a cenar pescado a un sitio sin turistas. En dos calles más lejos, cuatro semáforos y varios pitidos, aparca el coche y se baja. Me indica con la mano que le siga. Entramos en una sucursal "sui géneris" de un particular SEUR. Le dice algo al de la oficina. Me pregunta en inglés qué es lo que quiero. Le digo en espanglis que quiero ir a cenar pescado: "Eating fish". Le suelta un sermón. El taksista sonríe y volvemos al coche. Quince minutos después entramos con él en un restaurante maravilloso, con músicos en directo y, sin preguntar nada, nos acercan bandejas con aperitivos de berenjena y yogurt y dos bandejas maravillosas de pescado. El taxista se llevó del bar, además del precio por el viaje, un racimo de uvas.

Manuel dijo...

Creo que mezclaste lo de la oferta y demanda http://es.wikipedia.org/wiki/Ley_de_Say

Anyways, siendo así estoy de acuerdo con lo que dices... se me viene a la cabeza el parecido entre los taxistas y los vendedores del Gran Bazar. Toda una experiencia... hasta el enésimo taxi en 5 minutos. Entonces ya te dan ganas de arrancarles el volante.

Lo dijo...

Apuntado queda, nada de pijismos y a coger un taksi.
El nombre es lo mejor! jaja