Crónicas Turcas (II): El raki

No quiero yo que la cosa esta parezca un ataque a unos turcos, pero me veo obligado a (dos de dos) avisar sobre otro gran peligro de este gran país: el raki.
Hace ya unas cuantas décadas, Atatürk (personaje que merece una crónica aparte) se reventó el hígado noche tras noche con este líquido mientras se inventaba un país. No cabe duda de que este hombre tenía que ser muy duro de voluntad y de cuerpo, porque mantener lucidez tras estar atizándole de manera continuada es complicado.
Mi gran amigo Oso puede dar fe de ello.
Estábamos en Estambul buscando un poco de marcha tras un día de pateada cuando, al pasar por los primeros bares que nos pillaban camino de Sulthanamet unos simpáticos kurdos se lo curraron y nos llevaron al huerto. En sentido figurado, para los mal pensaos.
Como era costumbre en nosotros, pedimos unas cuantas pintas mientras decidíamos como atacarles y con qué arma. Tras copiosos tragos no exentos de cierta competitividad (hidalgos, etcétera; no hay nada más lamentable que un grupo de amigos españoles liándola en el extranjero) nos dimos cuenta de que al lado nuestro había dos parejas que estaban bebiendo algo que ya habíamos visto antes.
¡Ahí va Patxi que eran vascos! Qué simpáticos y qué sabios. Ahora entiendo porqué nos regalaron la media botella que no pudieron beberse, cobardes.
El caso es que tanto al otro amigo que formaba equipo, el Jabalí (todos mis amigos  pueden ser comparados en mayor o menor medida con un animal salvaje), como a mí, lo de ese licorcillo chungo con sabor a anís y vapores del puto infierno no nos convencía nada. Bebíamos porque bueno, lo habíamos comprado y no era cuestión de hacer un feo a los kurdos y empezar con mal pie nuestra aventura.
Oso era distinto. ¡Cómo disfrutaba! El vaso de chupito era una medida muy pequeña y empezó a darle tragos a la botella directamente. Los demás al verlo estoy seguro de que coincidíamos en el alivio sin ser conscientes de lo cabra locas que estábamos siendo.
Es necesario aclarar, como nota cultural, que para eso esto se llama crónica, que el raki se bebe mezclado con agua, y generalmente acompañado con otro vaso de agua al lado. El color se enturbia, como si fuera un aquarius súper-opaco, pero si os lo ofrecen no tengáis miedo.
Tened miedo a pretender exportar el modelo ibérico a aquellas tierras. Palo seco, muchos cojones, y la vida pendiendo de un hilo dental.
“I don´t believe in God!” Era lo que a voces anunciaba mi querido y trompísima amigo; y no en el baño de la habitación del hotel, sino en una tetería de una calle oscura a la cual habíamos ido a parar. Esto además después de haberse ganado al bar tirando una narguile y 3 jarras de cerveza y después de haber jodido una partida de backgammon  en la que estaban enfrascados unos venerables señores del lugar.
El periplo siguió entre un cementerio musulmán, un robo de sujetador con lentejuelas, el destrozo a lo Rolling Stone de una habitación de hotel…y alguna que otra cosa que nos podía haber asegurado el jubileo.
Libramos y lo malo es que no sé si aprendimos la lección. Por eso lo cuento. Por si algún día veis raki en una barra de bar, con agua y tranquilamente, que la suerte nos la hemos gastado nosotros toda.
Y en la próxima crónica, cómo curamos la terrible resaca del día siguiente…


5 comentarios:

Reina Mugre dijo...

Con jazz.

Lo dijo...

Que los vascos dejasen media botella ya quiere decir muuuucho, que con la bebida somos muy burros!!!!

Oso y sus aventuras jajaja
No me pierdo la crónica de la resaca...qué miedo! :)

Jordy dijo...

Espero ansioso lo de la resaca ehhh, que las hierbas de mi tierra (GZ), son peores que el raki fijo, y si las mezclas con locorca ni te cuento¡¡¡

Miki dijo...

Yo estuve allí.

Miguel Jesús dijo...

I (corazon) RAKI