Aeropuertos (I)




Desde que empecé a viajar en serio una de las fases del periplo que más me fascinaba (sino la que más) era el tránsito obligado por diferentes aeropuertos. Desde Ranón, en Asturias, la sensación de estar en otro universo empezaba a invadirme; sentimiento que se acentuaba según crecía el aeropuerto en cuestión: Madrid, por ejemplo, era para mí una fiesta; no hablemos entonces de Miami, Londres, Chicago o New York.
Hoy en día la única gran diferencia respecto a aquella época es la indiferencia con la que hago todo. Los automatismos cultivados a lo largo de muchos controles de aduana, recogidas de equipaje, traslados por diferentes terminales, reclamaciones (siempre acabas necesitando salvar tus derechos como ciudadano en un momento u otro), tarjetas de embarque, paseos por el duty free…etc; me hacen pasar por los mismos sitios donde de niño iba ojiplático con un cierto hastío.
Sin embargo, si achino mis ojos y me pongo a contemplar lo que me rodea, la riqueza de personas, situaciones, cuadros personales; sigue siendo la misma. Enfrente mío tengo ahora mismo a un chino cuyas cervicales están en huelga desde hace un rato (nunca fue, por otro lado, el aeropuerto un lugar idóneo para echar una cabezada), una turca alemanizada con unos horribles pantalones verdes con estampado de leopardo que acompaña a su madre con velo, una atractiva pareja de alemanes – de esas que solo te hacen pensar: “que niños más pivones tienen que salir de ahí -, la limpiadora china que se toma su tarea con una parsimonia un tanto zen…
Todo esto, con la asumida aleatoriedad de cada momento, se repite en muchos lugares del planeta. Cómo se disfrute, es otra cosa.
Me estoy empezando a sentir mal por tener que citar (hay que procurar ser intelectualmente honrado) a Sánchez-Dragó; y es que entiendo, en parte, porque él empieza a despotricar contra sus compatriotas cuando llega a tierra española. Dejando a un lado su egocentrismo/narcisismo, su opinión – basada en centenares de viajes – es totalmente precisa.
Estoy escribiendo desde el aeropuerto de Múnich y un peligroso pensamiento me recorre los cables cerebrales: quién hubiera nacido alemán; y es que, aceptando como un mal menor la falta de apasionamiento y latinidad de sus haceres, son un país cojonudo. Que funcionan es evidente; que son de pensamiento avanzado también, pues tienen a una canciller mujer (dato que a pesar de lo modernos que nos creemos todos no pueden ostentar muchas naciones); respetan las libertades individuales (sólo hay que fijarse en las preciosas salas que tienen para fumar, espléndidamente patrocinadas por la mierda de tabaco Camel); entienden que un viajero necesita relajarse (cerveza fría al lado de los refrescos en el quiosco); y con todas estas opciones de descanso, todo está tranquilo.
Todo es grande, diáfano y el hecho de que esté lloviendo como es típico en estos países continentales no afecta al ánimo.
Quizá este exagerando, puesto que estoy en un oasis entre caos (mi amado Barajas nunca dejará de serlo) y más caos (no han aprendido los turcos de sus enemigos teutones), pero pienso aprovecharlo y llenarme de buen rollo y energía.
Dentro de unas horas: aventura turca.

1 comentario:

Lo dijo...

Lo tuyo son auténticos estudios sociológicos en aeropuertos.

Aventura turca...tú no paras no??