Whisky bereber









Los últimos días me los he pasado en Marruecos. Han sido momentos de aventuras que me marcarán sin remedio para toda la vida.

A pesar de lo truculento, y por consiguiente atractivo, de mis relatos veraces, me los voy a guardar hasta que por lo menos alguno de mis seguidores se destape como psicoanalista.

Me quiero quedar, sin embargo, con la conclusión básica de mi periplo: en la sencillez esta lo humano.

Allá arriba, en el refugio Toubkal (3200 m) me hice amigo de Ibrahim, el guía/mulero bereber que nos acompañaba en la expedición. Conectamos de verdad; y sólo compartíamos, entre inglés, francés y español, unas cincuenta palabras.

En la soledad de los montes de roca y hielo sentarse al lado de alguien mirando a las moles que te rodean e intercambiar un gesto de afecto, de complicidad, o simplemente balbucear "tú, cansado"; es mucho más reconfortante que toda la artificialidad que rodea nuestra vida. Soy capaz de estar hablando con un ingeniero aeronáutico durante una tarde entera y que me transmita menos que aquél chaval de 25 años que entre calada y calada al Winston que tenía entre los dedos me sonreía y me decía "chicas españolas muy bueno".

Él me hizo despertar de todas las miserias que construyo a diario a mi alrededor.

En el tren nocturno Marrakech-Tánger que hice solo la madrugada del domingo experimenté algo igual: una chica mora (la cosa más preciosa que he visto en mi vida) me iluminó el alma sin hablar una sola palabra de las que yo entiendo. Solo bastaba con cómo se puso a mi lado a fumar en el pasillo de aquel vagón.

Supe en todo momento que nunca podría haber llegado más allá, que nunca podría haberla seducido para hacer de aquel peligroso viaje una aventura erótica, pero me era suficiente saber que, a pesar de todo, el instinto animal que los humanos tenemos cuando nacemos, sobrevive en algunas personas. Viajando te las encuentras en los lugares menos esperados.

Por todos ellos levanto mi vaso con té moruno, el whisky bereber. Por todos los amigos que he hecho en este viaje tan jodido para mi cuerpo y para mi mente. Porque cuando yo estaba abatido, me calentaban el corazón con una sonrisa o un gesto. Son el marroquí londinense que me invitó a café sin conocerme, la morita que me sonreía, el bereber al que le gustaban las españolas, el neoyorquino que trabajaba en Bagdad, el nucker guiri que tenía que volver a Londres con cuarenta euros desde Tarifa... Espero encontraros de nuevo, porque aunque no seáis las mismas personas, siempre estaréis por ahí.

4 comentarios:

Jordy dijo...

Psicoanálisis? sin llegar a la vulgaridad, pero acercándome, tú lo que pasas es hambre¡¡¡¡ búscate una aeronáutica, que no hable para nada del trabajo¡¡¡¡¡¡

Anónimo dijo...

que azucarado ests desde k no te veo no?

Marta.

Miguel Jesús dijo...

jajajaja, es bueno encontrar luces entre las sombras... cuanto más negra sea la oscuridad, más brillantes serám las sensaciones que entre whisky y whisky (bereber), espero que encuentres ¡amigo mio!

Anónimo dijo...

la morita no fumaba, te tuvo que pedir un pito pa no golete, ja ja, la north face retiene, pero no pa tanto willy, willy me´l culo. Robin